Encarnar la tierra 
Sobre La espada en la piedra, por Gonzalo Maggi
2017

Las dorsales oceánicas son las manifestaciones geológicas más grandes del planeta. Son inmensas cadenas montañosas que atraviesan la tierra como una gran cicatriz. A diferencia de las cordilleras, las dorsales recorren el planeta, de norte a sur y de este a oeste, en las profundidades más oscuras del océano. Las placas tectónicas que forman las fracturada corteza terrestre están en constante desplazamiento, pero este movimiento no es una simple traslación sino que implica un fenómeno de creación y destrucción continuo. Es en las dorsales oceánicas donde las placas nacen para recorrer innumerables kilómetros y sumergirse, nuevamente, en el calor informe del manto en un proceso denominado subducción. Las dorsales son las responsables de todos los movimientos de las placas que conforman la superficie terrestre, son los lugares donde continuamente esta creciendo la piel de la tierra. En las profundidades una corriente de roca fundida fisura la corteza oceánica dejando que el magma salga abriéndose paso y separando así dos placas tectónicas. Es un proceso implacable, que produce tremendas manifestaciones energéticas, generando volcanes y terremotos.

A primera vista, las inmensas pinturas de Carella parecen pura superficie, renunciando a la anécdota, a la relación figura fondo, a la espectacularidad de cualquier gesto teatral o narrativo. Pero esta superficie, al igual que la corteza terrestre, esta fracturada, es inestable y su constante movimiento da cuenta de las tensiones que ocurren en sus profundidades. Y con profundidad no me refiero a la profundidad del alma, a la psicología del artista o las manifestaciones del inconsciente, sino a las profundidades de la tierra, a un proceso geológico, arcaico, a un enorme movimiento orogénico que su expresionismo parece encarnar. Si hay un cierto anonimato en su gestualidad este responde a una necesidad de dejar en suspenso el rastro subjetivo o personal para presentar crudamente unas pasiones minerales que exceden la escala humana. No ya un movimiento del alma sino un sismo, un movimiento tectónico; en Carella, la práctica pictórica encarna la tierra, es un expresionismo telúrico. Pocas veces en su obra la superficie se configura y nos da algo que asir, algo concreto que observar. Y cuando es así las figuras que emergen de este magma indiferenciado remiten al fuego, a el agua, a explosiones y fisuras en grandes extensiones cavernosas e inconmensurables formaciones rocosas.

Islandia es una de las masas terrestres más jóvenes del planeta y tiene la peculiaridad de ser la única formación emergida de una dorsal oceánica. La Dorsal Mesoatlántica es la frontera entre la placa de América y Eurasia y atraviesa la isla justo por su centro. Aun en la actualidad, su formación sigue siendo un misterio para los geólogos, que han tratado de explicar su densa actividad volcánica como consecuencia de un punto caliente o un antiguo fenómeno de subducción ocurrido milenios antes de su formación. La totalidad de esta isla lejana y hostil conformada por basalto y lava petrificada, es la expresión de los grandes movimientos geológicos que atraviesan la tierra desde su origen. Su superficie nos remite a procesos que exceden tanto la escala como la temporalidad del hombre.

Al estar ubicada justo encima de una dorsal, ocupando parcialmente dos placas distintas, la isla crece año a año, expandiéndose muy lentamente con la separación de la placas. Me gusta imaginar que si cierro los ojos frente a las pinturas de Carella ocurre lo mismo, puedo sentir su movimiento, su expansión, que hace eco de las innombrables tensiones que habitan en las profundidades de la tierra.