Heidi Metal
Por Cecilia Pallin


Su aspecto angelical engaña. Tras conocerla imaginé que su obra sería diferente, abstracta, sí, pero delicada, tranquila. Sin embargo sus pinturas son, por decirlo de alguna manera, bestiales, en la acepción de bestial como algo increíble, extraordinario, movilizador.
Camila Carella nació en Bs As en 1990. Ha participado como residente junto a otros artistas en esta última convocatoria de Casa Intermitente, así fue como la conocí. Sus producciones incorporan atisbos de pasados probables e improbables, oscuros, enormes. Se desplazan entre ideas contrapuestas que van desde lo profundo a lo fugaz. Observarlas genera un cuestionamiento en el espectador: “¿Qué es? Es muy grande, es… Reconozco un trazo, un ritmo que se repite…¿Dónde quedo yo frente a esto?”
Su obra es un territorio inhóspito que me hace sentir pequeña, vulnerable en una parte…pero me encanta. Desde que la conocí estuve a gusto con Camila y con su obra, tan grande y con tanto que contar, un relato lejano pero extrañamente familiar. ¿Se puede extraer todo esto mirando sus pinturas? En mi caso hago trampa porque he estado varios días con ella, la he visto trabajar y he podido escuchar lo que hay detrás de sus producciones: su fascinación por los paisajes abrumadores que nos regala la naturaleza, el interés por trabajar en el límite, la atracción por las religiones, por lo mitológico,…
Camila pintaba descalza sobre esa tela gigantesca cubriendo todo el suelo de una sala de la Sede Anexa de la FAUD. Metida literalmente en su obra, repitiendo el mismo gesto cientos de veces hasta cubrir toda la superficie. Haciendo una coreografía perfecta y elegante, como si la hubiera ensayado. Y ese esfuerzo que le molía el cuerpo cada jornada uno no lo ve a simple vista, pero está allí plasmado si presta atención. Esa fuerza supura.
Me sorprendió ver sus pinturas en la Casa del Puente, sin bastidores, como si fueran esculturas flotantes adaptadas al espacio: libres, ligeras y silenciosas. Las miré un buen rato mientras un grupo de turistas visitaba la Casa. Eran serias y se mimetizaban con el lugar, costaba verlas pese a su tamaño. Estaban expuestas junto a las de Fabián Ramos, otro artista maravilloso. Pese a que no habían trabajado juntos para desplegar conceptos similares, allí se daba algo mágico que casaba perfectamente las obras de ambos.
Volví a casa y vi raros los cuadros tensos en la madera. Otra vez el cuestionamiento. Pensé dónde colgaría una de las pinturas de Camila y me di cuenta de que no tenía un espacio ni suficientemente grande ni suficientemente vacío para ella. Su obra llena, literal y simbólicamente.